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El suicidio ha acontecido en toda época y en toda cultura. De acuerdo a estas variables, este fenómeno ha sido percibido de distintas formas y por lo tanto se ha actuado en consecuencia frente al mismo también de formas distintas.

Independientemente de los factores culturales, hay un consenso en considerar al proceso de  auto-eliminación ("proceso" porque va más allá de un simple acting) como un hecho social y no individual como suele aparentar en  una primera mirada superificial. Durkheim ya lo planteó así en "Le suicide" y actualmente, convenimos en considerar al suicidio como la punta de un iceberg que compromete a todo el entramado social.

Los últimos estudios arrojan la información de que por cada persona que se suicida, seis quedan profundamente afectadas. Ellos son "los sobrevivientes"

Asociación "Rumbos. Dr. Mario Montoro Guarch".
Prevención del suicidio y Asistencia en crisis.

 

Ser sobreviviente de un suicidio: un estigma a superar.

Estigma: proviene del griego “stígma” o picadura. Marca o señal, bien como pena infamante, bien como signo de esclavitud. Figurativamente, deshonra, afrenta, mala fama (pág. 1311, Enciclopedia Salvat, Tomo V).

Desde el punto de vista psicológico, de acuerdo al Diccionario de Dorsch, sería una “señal, característica o signo de algo patológico". Ej., diversos estigmas histéricos de origen psíquico.

Para entender plenamente de que hablamos, hagamos un poco de historia al respecto: los sobrevivientes fueron (y continúan siendo) vistos como culpables de la muerte o como espectadores pasivos del derrumbe de la persona. Si bien puede darse el caso en que los allegados, sean familiares, amigos o novios, a través del maltrato, abuso, violencia psicológica, etc., han contribuido a que  la persona llegue a ese extremo; en líneas generales esa apreciación social es infundada y puede generar una culpa destructiva en el ser cercano del suicida.

Son considerados sobrevivientes: aquellas personas cercanas o distantes, que han sufrido una pérdida por auto-eliminación y que por añadidura los ha afectado profundamente.

Se diría que con el suicidio “se hiere a la organización social” y ésta no perdona el haber sido ofendida; el haberse rebelado contra el  Estado y contra Dios tiene su castigo, como el suicida ya no está al alcance, éste recae sobre la familia.

La  Iglesia les negaba los santos óleos y los bienes eran confiscados. Se practicaban distintos abusos y rituales sobre los cadáveres que entre otras cosas incluían la decapitación, el corte de manos y su entierro separadas del cuerpo, la sepultura fuera del cementerio, golpear el cuerpo con cadenas, tirar el cadáver a las bestias, etc.

Tanto la ley civil, como la religión penalizaban a los sobrevivientes porque el suicida había cometido “un delito” y al encontrarse fuera del alcance, la familia debía “pagar” por ese hecho.

Llegado el siglo XIX, con el punto de vista médico, se asocia el suicidio con enfermedad mental, es vinculado a la herencia, quienes comparten igual información genética, poseerían la predisposición a igual enfermedad mental y tendencia suicida.

A pesar de que más tarde en el siglo XX las cosas se aprecian de un modo diferente debido a trabajos empíricos más rigurosos; aún hoy, en el Siglo XXI, continúan los sobrevivientes siendo estigmatizados.

No es de extrañar que en el imaginario colectivo, existan “residuos” de lo que históricamente fue “grabado a fuego” en la conciencia de generaciones.

Aún existen tabúes, estigmas y desconfianza que es necesario superar.

Los sobrevivientes son un grupo muy vulnerable; en su proceso de duelo hay reacciones muy complejas de orden físico, emocional, psicológico y por supuesto social.

De acuerdo a Flech, la muerte por suicidio puede ser desvastadora para la salud mental de los sobrevivientes por varias razones, entre ellas, por lo inesperado y algo muy importante que es la imposibilidad de cerrar asuntos pendientes.

En la actualidad si bien no se apelan a los mismos procedimientos que en la antigüedad, ha quedado incorporado en el imaginario social el rechazo a quienes han sufrido ese tipo de pérdida.

Esto hace imprescindible la intervención de técnicos calificados a los efectos de minimizar las consecuencias “estigmatizantes” de que adolecen los sobrevivientes.

Es importante la intervención ya que un estigma conlleva un fenómeno de discriminación basado en un prejuicio que tiende a culpabilizar a las víctimas, ya que se considera que éstas tuvieron directa o indirectamente algún tipo de responsabilidad en la muerte de esa persona.

El depositar la culpa en el sobreviviente “absuelve” de responsabilidad a los otros actores sociales. Esto tiene una doble causalidad: la primera responde a una herencia filogenética; la segunda a un mecanismo de proyección.

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El superar un estigma es algo muy serio y tan difícil como necesario.

Requiere un proceso que como tal lleva tiempo y dedicación. Como expresa E. Goffman (1) “Creemos por definición que la persona que tiene un estigma no es totalmente humana. Valiéndonos de este supuesto practicamos diversos tipos de discriminación mediante la cual reducimos en la práctica, aunque a menudo sin pensarlo, sus posibilidades de vida”.

Es así como con nuestra actitud y con la de la comunidad damos cuenta del “peligro” que representa esa persona. Así la estigmatizamos con la duda: “¿Qué habrá hecho para que se quitara la vida?” ó “¿Qué dejó de hacer?”, dando por supuesto que pudo haberlo evitado y no lo hizo, lo que convierte al hecho en un delito por omisión. En esta línea podríamos enumerar un sin fin de ejemplos. Por su parte el estigmatizado va a responder de forma defensiva, lo cual, como manifestamos con anterioridad, dificulta la posibilidad de duelo.

El propio estigmatizado de alguna manera acepta muchas veces el lugar en el que se le coloca y se acrecientan los sentimientos de culpa, vergüenza, dolor y angustia.

"Melencolía" de A. Durero.

Planteábamos que “el depositar la culpa en el sobreviviente ‘absuelve’ de responsabilidad a los otros actores sociales. Esto tiene una doble causalidad: la primera responde a una herencia filogenética, la segunda a un mecanismo de proyección”. Detengámonos en estas dos variables; entendemos por herencia filogenética que la estigmatización que recae en el sobreviviente responde a un comportamiento que ha sido heredado por los individuos a fuerza de la reiteración del castigo de un acto considerado ignominioso:

“Pero una complicación sobreviene si reparamos en la probabilidad de que en la vida psíquica del individuo puedan tener eficacia no solo contenidos vivenciados por él mismo sino otros que le fueron aportados con el nacimiento, fragmentos de origen filogenético, una herencia arcaica” (2).

El segundo aspecto, el mecanismo de proyección aludido con anterioridad refiere a la defensa a través de la cual el ser humano deposita en otro aspectos que son negados en sí mismo. Suponemos que el rechazo inicial que en general experimenta una persona hacia otra que ha perdido a un allegado por suicidio remite  a sus propios aspectos agresivos, tanáticos, que de esta forma le son conferidos al sobreviviente, “culpabilizándolo” de la muerte acaecida. Así frases tales como “Algo habrá hecho (o no hecho)”, “Lo dejó morir”, “¿Cómo no se dio cuenta?”, etc, etc, son frecuentes en situaciones de este tipo.

Vemos entonces, que el duelo por el que debe atravesar un sobreviviente tiene características especiales. A las reacciones consideradas “esperadas” en este proceso (negación, rabia, regateo, depresión y aceptación) se agregaría la culpabilización que además se ve incrementada por el entorno (auto y hetero culpabilización), la búsqueda del “¿Por qué?” que atormenta al sobreviviente y en este caso especial en caso de pérdidas donde existe un vínculo de consanguineidad, el miedo a  repetir la misma conducta y a la enfermedad mental. Como señala el Dr. Pérez Barrero, “los sobrevivientes están más expuestos al desarrollo de psicopatologías como los trastornos de ansiedad, trastornos de estrés post-traumático y episodios depresivos mayores” (3).

          

Otro sentimiento en apariencia paradojal es el de alivio, en aquellos casos en que el allegado se hubiese transformado en una figura problemática, alivio para el sobreviviente y alivio para el fallecido por considerar su muerte como el cese de una vida atormentada.

Para los sobrevivientes –las verdaderas víctimas- tenemos hoy por hoy la atención especializada y el tratamiento grupal. Allí el individuo encuentra personas en situación similar, obteniendo durante el proceso una perspectiva de comprensión, de generar nuevas relaciones y la posibilidad de aceptación social en el nuevo grupo de pertenencia donde no está en discusión lo que debe pensar de sí mismo.

Ahora bien, el éxito o no, tiene un efecto directo sobre la integridad psicológica del individuo. Es probable que tengan una enorme dificultad en “re-identificarse y una especial facilidad para la auto-censura” (4), lo que se trabaja en el proceso psicoterapéutico exhaustivamente.

En la comunidad el trabajo no es menos arduo, pero, ¿por qué la sociedad responde así?, ¿por qué en determinadas situaciones los seres humanos somos incapaces de ponernos en el lugar del otro?

La respuesta es sencilla, existen aspectos psicológicos que manejamos en forma defensiva: si nos ponemos en “la vereda de en frente” nada tenemos que ver con ese grupo –el de los estigmatizados- los que se han “salido” de la norma.

Para eso es necesario informar y educar ya que suele desconocerse que el suicidio es un hecho que involucra a toda la sociedad. ¿Qué sucede en su seno para que sus miembros se quiten la vida? ¿Por qué no somos capaces de comprender y apoyar a aquellas personas que han sufrido esta tragedia?

Es cierto que existen casos en donde los seres cercanos han contribuido al hecho...pero eso no es la regla y la comunidad toda de alguna manera es responsable.

Resumiendo:

A los sobrevivientes es necesario ayudarles a transitar su proceso de duelo.

Es necesario ensayar respuestas para aquellas preguntas que ya no podrán hacer directamente al occiso.

Es necesario que logren “perdonarse” y “perdonar” y dependiendo del caso y de la fortaleza yoica del paciente, efectuar la autopsia psicológica del fallecido como un medio de esclarecer aquellas condiciones que facilitaron la “visión túnel” característica de estas situaciones límites donde se percibe como única salida la auto-eliminación.

                              

Nibia Reinaldo, Claudia Vázquez, Susana Yaben

 

(1)   Erving Goffman, “Estigma. La identidad deteriorada”, CEUP, Montevideo, 1985, pág. 15.

(2)   Sigmund Freud, “Moisés y la religión monoteísta” Amorrortu, Vol. XXIII, Bs As,  pág.94.

(3)   Sergio Pérez barrero, “El sobreviviente. Características y terapia”, Revista Futuros Nº 9, 2005, Vol. 3, en http://www.revistafuturo.info

(4)   Erving Goffman, íbidem, pág. 150.

 

Artículo publicado en dos partes en Revista Psicolibros - Waslala, Año 11 - Nº 50 ,  2006, Parte 1 y Revista Psicolibros - Waslala, Año 12 - Nº 54,  2007, Parte 2.

 

Publicado también en Revista Regional de Trabajo Social, EPPAL, Año XXI, Nº 41, 2007.


POSVENCIÓN

¿Qué es Posvención?

Posvención es un servicio que presta a la comunidad la Asociación “Rumbos”.

La Posvención consiste en el trabajo con los sobrevivientes de un suicidio, entendiendo por tales a aquellas personas que han tenido una pérdida por auto-eliminación. Pueden ser familiares, allegados, amigos, compañeros de estudio o de trabajo, conocidos, vecinos e incluso alguien que se ha conocido ocasionalmente y que haya quedado impactado por esa muerte.

El término fue acuñado por el Dr. Edwin Shneidman (1971) como una denominación apropiada para describir los actos de ayuda después de un hecho traumático como es el suicidio.


¿Qué objetivos tiene?

Dicho trabajo apunta a: ayudar a esas personas a lidiar con la tragedia tratando de elaborar los distintos y contradictorios sentimientos que surgen, facilitando la expresión de los mismos.

Brindar apoyo, sostén y respuestas. Prevenir la posibilidad de tomar ese ejemplo.

Ayudar a transitar por el dolor, la desolación, la pena. Básicamente en el trabajo con sobrevivientes estamos haciendo PREVENCIÓN.

 

¿Cómo se trabaja?

En grupos no mayores de doce integrantes. Se intenta dar una respuesta a los “por qué”, evacuar las preguntas y las dudas, elaborar el proceso de duelo de características especiales en este caso. Estos grupos deben ser coordinados por no menos de dos especialistas, en un régimen no menor de una vez a la semana en nuestra sociedad, lo cual fue extraído de la práctica en nuestro medio por quien suscribe al iniciar el trabajo con los distintos grupos de sobrevivientes.

Fundamentamos nuestro trabajo, en una realidad que nos indica que el comportamiento suicida es un comportamiento aprendido muchas veces dentro del propio grupo familiar.

Como profesionales de la salud mental podemos convertirnos en sobrevivientes, teniendo en cuenta que tanto los psiquiatras como los psicólogos pueden sufrir durante el ejercicio de la carrera la muerte de un paciente por auto-eliminación. Recientes estudios sugieren que cerca de la mitad de los psiquiatras y un cuarto de los psicólogos perderán un paciente por suicidio durante el curso de sus carreras. Datos adicionales sugieren que 1 de cada 6 personas que se suicida se encontraba en tratamiento psicológico.

Es de destacar la importancia del apoyo clínico al convertirnos en sobrevivientes de un suicidio lo cual nos afecta enormemente con sus repercusiones en el ejercicio de nuestra profesión.

El suicidio por lo general supone circunstancias trágicas para aquellos que sobreviven, dada la estigmatización, vergüenza y desolación inherentes desde el punto de vista social a este acto. En los últimos veinte años hubo algo así como una evolución en el pensamiento acerca de los sobrevivientes del suicidio en América del Norte, y es de destacar que los mismos actualmente reclaman su derecho a recibir ayuda profesional, “a salir de las sombras”, de la vergüenza y la culpa. Así como también luchan por el respeto y la consideración que siempre merecieron y que raramente recibieron a lo largo de la historia.

El propósito de la Asociación “Rumbos” es el de estar a la vanguardia en la ayuda a estos “desconocidos” de nuestros consultorios, ofreciendo un espacio en donde poder poner en palabras el dolor, la culpa, rabia e impotencia de un suceso estigmatizante.

  

Nibia Reinaldo, Rita Amaral

Publicado en Revista Psicolibros - Waslala, Año 10, Nº 44, 2005